El olfato más eficiente

El olfato más eficiente

La primera vez que la Guardia Civil tuvo autorización para usar a un perro policía fue en el año 1948, aunque el empleo del perro se utilizaba con anterioridad a este año para ayudar a los hombres en sus misiones policiales y de vigilancia.

Por una disposición de fecha 31 de marzo del 1949, se crean puestos y destacamentos con perros para perseguir de forma más organizada a “bandoleros y malhechores”, y tener mejor control en zonas de fronteras y costas.

La Orden Ministerial de 19 de abril de 1951, crea la Escuela de Adiestramiento de perros de la Guardia Civil, y queda ubicada desde esa fecha en El Pardo (Madrid). Se trata del primer centro de adiestramiento de perros policías del que dispuso España, derivándose de él el resto de Escuelas policiales y del Ejército.

En el año 1982, la Guardia Civil crea el Servicio Cinológico con el fin de apoyar a las Unidades Operativas del Cuerpo aportando aspectos técnicos y propios del Servicio; como búsquedas de personas desaparecidas, intervención en catástrofes, localización de drogas y explosivos, rescates en montaña y cualquier otra actividad en que las características propias de la misión y la especial preparación de los animales se obtengan los adecuados resultados para su cumplimiento, buscando el objetivo principal de proteger el libre ejercicio de los Derechos y Libertades y, garantizar la Seguridad Ciudadana.

En España hay actualmente unos 600 perros adiestrados por el Instituto Armado: 400 ya prestan sus servicios por toda España y el resto se halla en periodo de adiestramiento.

Estos policías caninos tienen una intachable hoja de servicios. Sólo en 2007, descubieron 42 toneladas de droga, rescataron a 92 personas desaparecidas y, en 12 ocasiones, localizaron material explosivo. Además, cada año participan en torno a unas 30.000 inspecciones y reconocimientos preventivos.

En las instalaciones del Servicio Cinológico de la Guardia Civil es donde, a lo largo de cinco meses, los agentes entrenan con esmero a los futuros perros policía.

Cada año, cien animales ingresan en esta selecta academia. Sólo los canes que cumplan una serie de habilidades se quedarán. El resto son inmediatamente desechados. “Para ser policía, el perro tiene que valer. No es nada fácil”, explica el agente Mateo Fernández. Algunos de estos requisitos pasan por que el animal tenga un carácter equilibrado, sea valiente y no se asuste ante determinadas situaciones, plante cara a las amenazas de personas extrañas y sea un ser sociable y juguetón. Los perros también deberán superar unas pruebas técnicas de aptitud, así como tener buena estética y una perfecta formación muscular y esquelética. Después, pasarán un periodo de prueba de un mes en la escuela de adiestramiento. No todos lo cumplen.

El agente Fernández hace ya 20 años que trabaja mano a mano con los canes y resume en una palabra cómo son estos compañeros de trabajo: “Alucinantes”. Porque, según el agente, “nunca dejan de sorprenderte”.

La mayoría de los perros se compran a criadores de toda Europa cuando tienen de uno a dos años de edad. Sólo algunos pocos proceden de donaciones particulares. Su precio medio ronda los 2.000 euros. También aquí hay picaresca porque algunos criadores preparan a los animales con la intención de que superen las exigentes pruebas de ingreso en el centro cinológico. Pero no cuela. En estas instalaciones caninas, todo se controla al detalle. Junto a los guías y preparadores de los perros policía, un servicio veterinario controla sus vacunaciones, su alimentación, sus revisiones sanitarias… Algunas hembras se esterilizan para evitar problemas durante el celo. La raza que más abunda es el pastor alemán, “el perro con el que mejor se trabaja”, afirma el agente Fernández. Pero también hay pastores belgas, sabuesos, labradores, fox terriers, schnauzers, cockers spaniel, dálmatas…

En definitiva, distintas razas para diferentes operaciones. Para las labores de rescate, se precisan los canes más fuertes y con mayor resistencia física, como el pastor alemán y el belga. En cambio, los animales más pequeños aportan discreción y eficacia, y son perfectos, por ejemplo, para olisquear la posible presencia de drogas y artefactos en estaciones, aeropuertos y espacios abiertos.

Cinco meses de ensayos

En el centro, se imparten cursos de tres especialidades caninas: rescate de personas desaparecidas, detección de explosivos y de estupefacientes. Tras cinco meses de intensa preparación y mucha paciencia por parte de sus preparadores, los animales son enviados junto a sus guías a un destino donde desarrollarán su trabajo durante unos ocho años. Después, cuando ya han cumplido su ciclo útil, algunos volverán a la escuela de adiestramiento, aunque casi todos acabarán en casa de los guías con los que han crecido.

La vida de los perros policía es un juego constante. Para ellos, participar en tareas tan dolorosas como rescates en alta montaña y catástrofes naturales es simplemente eso: un juego. Lo mismo ocurre cuando deben localizar explosivos o drogas. El animal asocia el olor que proviene de las sustancias prohibidas, las bombas y las personas desaparecidas con la recompensa que obtiene por su trabajo, que suele ser un rodillo de tela que le sirve de juguete. Cuando localiza su objetivo, el perro marca el punto exacto de distintas maneras: se sienta, ladra, araña… Y muy pocas veces falla.

El agente Fernández lo ilustra con un caso “increíble” que ocurrió en Mallorca en 1994. Dos perros detectaron olor a droga en el interior del camarote de un yate inglés. Pero los guardias no localizaron ningún tipo de sustancia estupefaciente: hallaron pistolas, silenciadores, fusiles, escopetas, cargadores, 10.000 cartuchos de munición, chalecos antibala… un auténtico arsenal. La sorpresa fue tremenda, pero tenía una explicación. “Allí se había ocultado droga con anterioridad y en el ambiente flotaba un olor muerto que los perros descubrieron”, relata.

Sólo con mucha paciencia y con cariño hacia los animales se consiguen unos buenos perros policía. “Es la base de todo”, constata este agente. Por eso, hay que motivar al can, divertirle, ser constante con él, premiarle y reñirle si es necesario, imponerse al perro en cualquier situación. Y, por supuesto, no desesperar jamás. Tras media hora de trabajo, el perro acaba por perder interés por el juego. Por eso hay que dejar que descanse y darle cierta libertad. Un ejercicio a veces pesado e ingrato, pero siempre reconfortante.